Según yo, faltaban muchas cosas por hacer, personas por contactar, materiales que comprar, sitios por visitar y mucho, mucho más... pero el Señor ya estaba trabajando en todo cuanto era necesario para que este campo de verano fuese de mucha bendición para los niños visitantes y sus padres, para los niños de la iglesia y sus padres y por supuesto para nosotros, todos los que estuvimos poniendo nuestros dones y talentos a Su servicio.
La respuesta fue inmediata. Siendo el cupo limitado a 40 niños (debido a la poca capacidad que tenemos en nuestras instalaciones), las inscripciones se cerraron 2 semanas antes de que comenzar el campo de verano y encima de eso, había una lista de espera (en caso de que algún niño, dejara su cupo). Lo cierto es que al final de cuentas, terminamos aceptando a ¡¡¡51 niños!!!
¡Fue maravilloso! Porque casi la mitad de esos niños no había escuchado del Señor hasta ese entonces.
El día primero del campo, la tensión estaba allí... ¿Cómo iría a resultar todo? ¿Surgirían problemas entre nosotros? ¿Llegarían los niños a tiempo? ¿Llegarían los maestros y ayudantes a tiempo? ¿Se estaría escapando algo de la planeación y habría que resolverlo en el mismo instante? Eran muchas las preguntas pero era una sola la respuesta: "Dedica tu día al Señor y ofrece tu vida como sacrificio vivo, santo y agradable a Él."
Comenzábamos nuestras actividades a las 8:30 de la mañana con un devocional de 15 minutos. La premisa era dedicar el trabajo de cada día a Dios y estar concientes de que Él era quien tenía el control sobre todas las cosas. Que nosotros éramos como instrumentos en Sus manos y que debíamos estar disponibles para que Él hiciera Su trabajo.
¡Y vaya que se vio Su mano trabajando en todo cuanto aconteció durante la semana!
